Los nuevos ríos argentinos, productos de la deforestación por la intensiva siembra de soya

Posted by Adán Salgado Andrade on domingo, abril 15, 2018

Los nuevos ríos argentinos, productos de la deforestación por la intensiva siembra de soya
Por Adán Salgado Andrade

La depredación planetaria se torna cada vez más intensa. Se emplean brutales cantidades de agua, cada vez más escasa, para procesos industriales, así como extractivos. El fracking, contaminante técnica para obtener gas natural de esquisto, emplea millones de litros del vital líquido en cada pozo, a la que deja permanentemente contaminada, además de que la reinyecta, envenenando acuíferos que también quedan inútiles para el consumo humano (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2012/05/el-gas-natural-de-esquisto-el-regreso.html).
Igualmente, la megaminería, depreda bosques, selvas y también emplea y contamina millones de metros cúbicos de agua. Sus destructivos efectos, al igual que los que ocasiona el fracking, son permanentes (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2013/05/los-destructivos-irreversibles-efectos.html).
La producción de carne es pasmosa, pues supera en contaminación a la de los autos del todo el planeta. Cada año se sacrifican ¡57000 millones de animales de todo tipo!, reses, pollos, borregos, conejos, marranos, a razón de 7.5 por habitante, para satisfacer nuestros engordantes, cárnicos hábitos alimenticios (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2018/01/la-eliminacion-de-la-produccion-de.html).
Y no se diga la producción de basura, la que está llenando lugares como bosques, islas, cañadas, ríos, pues generamos demasiada de ella. Tan sólo de plásticos, producimos ¡300 millones de toneladas anuales de todo tipo!, los cuales, la mayor parte, van a dar a los océanos, y de seguir alentando y creciendo su producción, para el año 2050 superará en peso el plástico, al de todas las especies marinas, si es que aun existen para entonces (ver:  http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2018/03/la-muy-grave-contaminacion-por-plasticos.html).
Todo ese conjunto de actividades, alentada por la irracional sobreproducción capitalista salvaje, está aceleradamente destruyendo los recursos que nos quedan, a ritmos superiores a los que se creían. Estamos en la antesala de un colapso ambiental, materializado en el acelerado calentamiento global, extinción de especies y agotamiento de recursos naturales. Pero se sigue depredando  (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2018/01/depredacion-ambiental-planetaria-accion.html).
Entre tantas actividades depredadoras, la agricultura de monocultivos, está también participando con su cuota depredadora. Un buen ejemplo es el que ofrece un reciente artículo del prestigioso periódico inglés The Guardian, en el que aborda todos los daños que está causando justamente la siembra intensiva y extensiva de la soya transgénica de Monsanto en Argentina. El trabajo periodístico es de Uki Goñi (ver: https://www.theguardian.com/world/2018/apr/01/argentina-new-river-soya-beans?utm_source=esp&utm_medium=Email&utm_campaign=GU+Today+main+NEW+H+categories&utm_term=269782&subid=21873428&CMP=EMCNEWEML6619I2).  
Monsanto es una nefasta empresa que, desde hace años, ha experimentado con la manipulación genética de vegetales y cereales, tales como el maíz y la soya, tan sólo por imponerlos, defender sus “patentes”, aumentar sus ganancias, monopolizar la producción de cereales, sin que le importen los daños a la salud que sus engendros frankensteinianos provoquen al medio ambiente y a la salud humana (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2014/04/monsanto-arremete-de-nuevo-con-caras.html).
Argentina comenzó desde hace muchos años la siembra de soya transgénica, la cual ha ocasionado daños a la salud, sobre todo de las personas que viven en la cercanía de las siembras de los cultivos de transgénicos, principalmente por el uso excesivo del pesticida glifosato. Han aumentado bastante los casos de enfermedades crónico-degenerativas, como el cáncer, el hipotiroidismo y otras más (ver: https://www.eldiario.es/desalambre/efectos-glifosato-Argentina_0_619438193.html).
Pero como se trata de jornaleros pobres, no se les ha brindado atención de ningún tipo. Incluso, durante las supuestas progresistas presidencias de Cristina Fernández, dichas personas no fueron atendidas convenientemente. Eso es algo que no se alcanzaría a comprender, no sólo que no se les brindara atención adecuada, sino que se siguiera permitiendo la siembra de transgénicos, con todos los daños a la salud y ambientales que han provocado. Actualmente, el 60% de la tierra cultivable argentina está dedicada solamente a la soya transgénica.. La imagen que se tenía de esas pampas, rodeadas de bosques y recorridas por gauchos, es ya cosa del pasado. En su lugar, reina ese monocultivo, el que mayormente se exporta y ha colocado a Argentina como el tercer país productor de soya, 18% de la producción mundial, después de Estados Unidos, primer sitio, y Brasil, segundo. Pero todo tiene un precio. 
Como señalo antes, ya se están manifestando los daños que ha dejado la siembra de soya transgénica, concretamente en las sabanas de la provincia de San Luis. En esta zona, se encuentra la Cuenca del Morro, un acuífero subterráneo que cubre 373000 hectáreas. Anteriormente, la zona era boscosa. Las largas raíces de los árboles eran suficientes para controlar naturalmente el nivel de agua del acuífero. Sin embargo, cuando las agroindustrias, muchas extranjeras, Monsanto, entre ellas, comenzaron a deforestar indiscriminadamente la zona y a sembrarla con soya, los problemas comenzaron. Se han perdido 2.4 millones de hectáreas de bosques en los últimos diez años, de acuerdo con Greenpeace.
Pero las raíces muy cortas de la soya, que es una simple hierba, no absorben el agua en exceso del acuífero.
Y eso llevó a que en el 2015, la saturación de dicho acuífero, llegara a su límite. Primero, por la mencionada deforestación, la acción de absorción de agua por parte de los árboles, no fue más y eso ocasionó que el nivel del acuífero fuera subiendo. Luego, las fuertes lluvias, características de la región, siguieron alimentándolo, hasta que, como declara el ambientalista Esteban Jobbágy, “la Naturaleza dijo suficiente”, cuando el acuífero ya no pudo continuar almacenando agua. Y, literalmente, estalló al saturarse y el agua en exceso está formando varios ríos, entre ellos, el primero en surgir, el Río Nuevo, que ha ido creciendo hasta llegar a una longitud de 25 kilómetros. En su parte más profunda tiene 25 metros y una anchura de 60 metros. O sea, no se trata de un riachuelo, sino de un gran río, como los que han existido desde hace cientos de años, lo que da cuenta de la gravedad del problema que han ocasionado tantas deforestadas hectáreas. Y no sólo eso, sino que la tierra, al saturarse de agua, es muy inestable, al igual que cuando está seca. “Es básicamente polvo”, señala Jobbágy, al deshacer un pedazo de suelo que arranca de una de las paredes del lecho formado por del río.
Y es el segundo problema, que el avance del río está destruyendo otras tierras. Incluso, peligran dos autopistas por las cuales se transporta una buena parte del comercio por tierra entre Argentina y Brasil. Igualmente, las afueras de la ciudad de Villa Mercedes, también están en peligro de desaparecer y mucho más, de seguir el imperturbable avance del río.
Por lo mismo, ya varios granjeros han abandonado sus tierras y sólo unos cuantos están allí, como Alberto Panza, cuya propiedad está dividida a causa del Río Nuevo. Ha tratado de construir un puente, pero por la inestabilidad del terreno, no ha podido, ni podrá, afirma, contemplando la desolación que ha quedado por tantos años de indiscriminada siembra. Goñi, el reportero, lo describe como un escenario marciano. No cabe duda que el ser humano es la especie más destructiva y depredadora que ha existido en el planeta.
Ya se han tratado de aplicar algunas tardías medidas para mitigar los daños ocasionados por la deforestación, como el exigir a los granjeros que dejen un 5% de sus tierras como pastos o bosques. Pero ya es demasiado tarde, concluyen los científicos que han estado estudiando el problema desde hace diez años.
Principalmente, porque no dejarán agroindustrias, ni granjeros, de sembrar soya transgénica, pues, antes que la destrucción del medio ambiente, están las ganancias. Esa es la máxima del capitalismo salvaje, destruir, antes que dejar de ganar.





    

Norman Mailer y los desnudos y los muertos de la segunda guerra mundial

Posted by Adán Salgado Andrade on sábado, marzo 31, 2018

Norman Mailer y los desnudos y los muertos de la segunda guerra mundial

por Adán Salgado Andrade



Desde que la humanidad se volvió más compleja, surgieron las relaciones de poder, sobre todo de aquéllos que, adjudicándose el mando, obligaron a los más dóciles y débiles a servirles. Lo hacían a base de amenazas y prepotente sometimiento entre los de su misma gente. Pero cuando no fueron suficientes ni amenazas, ni sometimiento, se recurrió a la fuerza bruta. Y cuando la dominación fue de un pueblo hacia otro, el belicismo, es decir, el empleo de armas, fue una urgente necesidad, que marcó, incluso, el “avance” de la humanidad, pues siempre se ha caracterizado por la evolución armamentista, ya que poseyendo mejores y más mortíferas armas, se garantizaba la dominación de unos sobre los otros. De allí que la frase “La historia la hacen los asesinos”, describa perfectamente cómo la superioridad armamentista, derrota y determina el destino de los más débiles, aun cuando los “vencedores” sean inferiores cultural y civilizadamente a los “vencidos”.

Entonces, todo se trata de supremacía armamentista y, por eso, nada menos que el 80% de los ”avances científicos”, tienen, como primera aplicación, la investigación, invención, diseño y fabricación de armas. Es increíble que, en pleno siglo veintiuno, la máxima representación de la “civilización humana” sea un misil nuclear intercontinental que pueda alcanzar cualquier objetivo y destruir una ciudad completa con sus doce megatones de poder (un megatón equivale a un millón de toneladas de TNT). Aunque, allí, sí, hay que señalar, que en la época actual, una guerra nuclear, no la ganaría nadie, pues tanto los bombazos iniciales, así como la intensa y mortal radioactividad subsecuente, no dejarían nada vivo en lo que quedara de planeta (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2012/07/el-mortifero-legado-nuclear.html).

En fin, que las guerras son, a fin de cuentas, tanto una forma de asegurar el poder, sobre todo económico, como, en sí mismas, un gran negocio, pues las armas son tan prioritarias, que siempre serán un lucrativo negocio. No menos de un billón de dólares ($1000000000000) se gastan anualmente en fabricación de armas y presupuestos bélicos (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2011/12/ferias-de-armas-exhibicion-de-fuerza-de.html).

Y los, podríamos llamarlos así, “trabajadores” en las guerras, son los soldados, los cuales, sólo por la férrea disciplina inculcada en el entrenamiento, con que se conducen la mayoría, es que se someten a actividades en donde casi todo el tiempo su propia vida está en riesgo. Pero para los altos mandos que los envían a “pelear por los intereses patrios”, sus vidas son lo que menos importan y, en las pérdidas, simplemente serán “bajas” que se contabilizan por frías cifras. Cuando mucho, merecerán algunos una póstuma “medalla al mérito”, una indemnización a sus familias y… ¡ya!, asunto resuelto.

Pero la realidad es que muchos de esos soldados, ni siquiera saben por qué pelean o si lo saben es porque algún general se los dijo, mas no lo sienten como algo de peso, que verdaderamente los haga “arrancarse” los uniformes y dar sus vidas por esa confusa idea de “defender la patria”. Quizá eso sea más claro entre los soldados estadounidenses, pues por la intervencionista práctica que siempre ha tenido Estados Unidos (EU) de meterse en todo, invadir países por “la seguridad de América”, tales soldados sólo cumplen, invaden, pues es su trabajo, pero pocas veces entienden de lo qué se trata y su único objetivo es que “luchan por su país”. Muchos desarrollan, incluso, conductas psicópatas, que los llevan a cometer arteros crímenes entre la población civil de los países que invaden, más, cuando se trata de países árabes, como Afganistán o Irak, en donde ha sido reportada la saña con que tratan a los prisioneros o cómo asesinan a inocentes, tan sólo por dar rienda suelta a sus conductas sociópatas y/o psicópatas, en donde lo que las retroalimenta es el odio a todo lo que sea musulmán (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2011/04/barbarie-de-mariners-en-afganistan.html).

Además, los veteranos sufren permanentes traumas, que llevan a muchos a cometer actos criminales, como tiroteos masivos o bombazos (recuérdese a Timothy McVeigh, quien en 1995 dinamitó el edifico público Murrah, ocasionando 163 muertos y más de 684 heridos) o a suicidarse, haciéndolo en promedio 22 al día, más de ocho mil al año (ver: https://edition.cnn.com/2013/09/21/us/22-veteran-suicides-a-day/index.html).

Una novela que muestra muy bien los encontrados sentimientos y traumas de los soldados de EU, sobre todo durante la segunda guerra mundial (1938-1945), es la titulada The naked and the death escrita por Norman Mailer (1923-2007), escritor estadounidense muy distinguido no sólo por su trabajo literario – que le valió un premio Pulitzer, además del National Book Award –, sino, también, por su activismo en contra de las guerras. Era antirracista, además de periodista comprometido con la verdad. Siempre desafiando el futuro y buscando nuevos horizontes, Mailer acotó la siguiente frase: “Hubo esa ley de la vida, tan cruel y tan justa, de que uno debe de crecer o simplemente, pagar más para seguir siendo el mismo”. Mailer también incursionó en el guionismo cinematográfico y algunas de sus novelas, The naked and the death, entre ellas, fueron llevadas al cine (ver: https://en.wikipedia.org/wiki/Norman_Mailer).

Justamente la mencionada novela fue resultado de la personal experiencia de Mailer al ser reclutado, a la fuerza, para ir como soldado al frente. Opuso resistencia, pues como en ese entonces trabajaba de articulista en un periódico, objetó que su trabajo periodístico era muy importante, como para irse a pelear. Pero lo forzaron a ingresar al 112º regimiento de caballería en las Filipinas, en donde trabajó como mecanógrafo y como telegrafista. De esa experiencia, dijo Mailer que “fue la peor y la mejor de su vida”, quizá porque, a partir de tal vivencia, comenzó su trabajo literario.

La trama de la novela es realmente simple, a pesar de lo voluminosa que resulta (721 páginas en la edición estadounidense que leí, editado por Rinehart and Company, de 1948). Es sobre el desembarco de una división estadounidense en la isla japonesa de Anopopei (Iwo Jima, el nombre de la verdadera, en la que se basó Mailer), y sobre las penurias que varios personajes pasan para hacerlo. El general encargado de la misión, Edward Cummings planea por varios días el ataque final a los japoneses y, mientras tanto, fuera de algunas emboscadas, ataques menores por parte de los japoneses y algunas bajas entre sus soldados, nada extraordinario sucede. La incertidumbre es ¿qué habría más allá de la línea de defensa Toyaku, la que, al parecer, estaba defendida hasta con los dientes por los japoneses? El general decide enviar una patrulla de reconocimiento que se acerque y vea la actividad japonesa desde la parte contraria a la isla, para lo cual, tendrán que ascender una alta montaña, Anaka. Una tercera parte del libro se centra en el pequeño regimiento que es enviado para la misión y todas las penurias que pasan, debido a un par de emboscadas japonesas y a lo accidentado del terreno, combinación de selva, con cruce de ríos y un pesado ascenso, entre peñascos, riscos, alimañas y toda clase de peligros. Finalmente, los hombres, ya casi para llegar a la cima de Anaka, son atacados por avispas y eso los hace abortar la misión, descender cuanto antes y marchar de nuevo a la playa, para esperar la lancha de asalto que los transporte otra vez a la seguridad de su campamento. De todos modos, como la victoria resulta demasiado sencilla, para lo que Cummings esperaba, además que ni siquiera estuvo allí, pues su subalterno Dalleson, un militar mediocre, con algo de entrenamiento logístico, es quien logra vencer las líneas japonesas, el pequeño regimiento ve que sus esfuerzos habrían resultado inútiles y que tres hombres habían muerto por nada. Y el final, justamente, se centra en Dalleson, quien se siente a gusto con la pírrica victoria, en la que aniquilaron a prácticamente todos los japoneses y sólo fueron tomados algunos como prisioneros, ya fuera heridos o los que se hallaron inconscientes. Planea enseñar a leer coordenadas en mapas a soldados usando fotos gigantes de alguna actriz de moda.

De hecho, en el suceso real, en Iwo Jima, en efecto, de 21 mil japoneses que había al principio de la invasión, sólo fueron capturados 216, como dije, fuera porque se hallaron inconscientes o impedidos incluso para caminar. Eso es algo que alude Mailer dentro de la novela, el odio intrínseco que, de repente, los estadounidenses, antes, tan encantados con la generosidad y amabilidad de los japoneses, después, los vieron como peligrosos enemigos a los que había que asesinar a mansalva. No fue sólo la carnicería cometida en Iwo Jima (que mereció una cinta al respecto, Letters from Iwo Jima, 2006, dirigida por Clint Eastwood), ni el masivo bombardeo de Tokio, sino un infame, superfluo ataque atómico, resultado de la mortífera invención atómica que se hizo en Los Álamos, Nevada, conocido como el Día de la Trinidad (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2014/12/dia-de-la-trinidad-el-nacimiento-de-la.html).

Lo más interesante de la novela se centra en los flashbacks que Mailer emplea para dar a conocer la clase de hombres que peleaban, la mayoría de los cuales ve a la guerra como un escape a sus conflictivas, vacías, precarias existencias. Casi todos provenían de disfuncionales, humildes “familias”, carentes no sólo de recursos económicos, sino del cariño de los padres. Uno de ellos, por ejemplo, Red Valsen, quien provenía de familia pobre y que se la pasó algún tiempo trabajando en albergues para indigentes, conviviendo a diario con vidas mucho más miserables que la de él mismo. Por ello, se siente tan devaluado o, más bien, que prefiere seguir errando en su vida, a atarse a alguna mujer, deja pasar una buena oportunidad de juntarse con una muy bella y simpática chica, madre soltera de un cordial niño. Otro personaje es el teniente Robert Hearn, prácticamente el único de todos los protagonistas con un pasado confortable, hijo de un industrial, que, sin embargo, dada su rebeldía, no soporta recibir órdenes, aun cuando provengan de sus superiores en el ejército, como las del general Edward Cummings, quien, en castigo por su desafiante actitud, lo manda justamente con la patrulla de reconocimiento, siendo uno de los que muere en una de las emboscadas japonesas. Cuando Cummings se entera de la fatal noticia, al principio, se angustia un tanto, pero, después, lo celebra, viendo que fue la “solución” al dilema de a dónde enviaría al rebelde de Hearn. Otros personajes, un par de judíos, Goldstein y Roth, se sienten estigmatizados justo por eso, por ser judíos, y tienen que luchar contra sus propios prejuicios para sobrevivir el ambiente bélico. Un singular personaje es Martínez, mexicano de origen, dócil y hasta servil, con el cual, Mailer muestra hasta dónde los inmigrantes se dejan dominar y humillar, con tal de que se les “acepte”, lo cual nunca es totalmente, menos entre la más racista porción de los estadounidenses. Croft, un militar duro, con amarguras, frustraciones y profundos resentimientos, apodó a Martínez como Japbait, carnada para japoneses y Martínez aceptaba sumisamente que aquél se refiriera a él de esa forma tan despectiva.

Croft quizá sea, justamente, el personaje que más se acerca al típico soldado estadounidense, duro, agresivo y que no tendrá consideración alguna para cumplir con una misión. Además, no es compasivo o finge serlo en principio. Por ejemplo, cuando Red y él se enfrentan a tres japoneses, en donde matan a dos y uno se rinde, Croft, al principio, se muestra compasivo. El japonés hasta le enseña fotos de su familia y Croft hace lo mismo. Incluso, éste le ofrece un cigarro y hasta un chocolate, mereciendo la reprobación de Red de por qué se muestra tan amable. Y justo cuando el japonés termina el chocolate, Croft le dispara, fríamente, sin experimentar nada. “De todos modos, es mejor no tomar prisioneros”, dice y se retira del sitio, dejando a Red y al otro compañero atónitos por esa bipolar conducta. Ni tampoco Croft deja de idear formas de deshacerse de los que lo incomodan, como cuando, a propósito, durante la misión de reconocimiento, envía como delantera a Martínez. Éste, se percata de que hay japoneses, asesinando incluso a uno. Al regresar, Croft le ordena no comentarlo a Hearn, con quien Croft no se lleva nada bien. Como resultado, al mentirle a Hearn de que no hay japoneses, éste ordena que la patrulla siga su camino. Como consecuencia, son emboscados y una ráfaga de metralleta mata instantáneamente a Hearn. Croft sonríe para sí por la forma tan sencilla en que se deshizo del “odioso” teniente Hearn. Lo dicho, ni entre los miembros del ejército de un país, hay lealtades.

También Mailer muestra el dilema de los soldados al pensar en sus esposas, si, realmente, les serán “fieles” o si estarán traicionándolos en esos momentos. Y unos deciden que sí, que son unas “perras”, como el mismo general Cummings considera, quien le dice sin miramientos en una plática a Hearn que sí, “mi esposa es una perra”. El caso de Cummings es especial, pues es militar por vocación, digamos, si se excluye que su padre lo obliga a adherirse al servicio militar porque un día, cuando Cummings tenía nueve años, lo descubre ¡tejiendo! Lo peor es que Edward le dice que su madre le enseñó y que ella le asegura que no tiene nada de malo. ¡Vaya afrenta para el machista padre, quien de inmediato lo envía al colegio militar! Por lo mismo, como militar de profesión, toda su vida Cummings se la pasa ansiando las victorias, con tal de ascender. Pero en Anopopei, nada bueno logra y teme que deberá incluso felicitar a Dalleson, a pesar de que lo considera un mediocre sin mayor mérito que hacer bien las cosas que conoce.

En ningún caso, alguno de los soldados rasos se felicita por estar allí y le da lo mismo que la guerra siga o no. Se quejan de que los tenientes y generales se la pasan cómodos y que ellos son la carne de cañón, los que pelean y mueren en las batallas. Cuando Red Valsen y Woodrow Wilson (quizá Mailer lo nombró así a propósito, aludiendo a ese presidente) solicitan revisión médica, el primero, por sus riñones, y el segundo, por algo en sus intestinos, reciben las frías respuestas de los “malditos médicos” de que “¿cómo sabemos si no están mintiendo, tan sólo para que los liberemos de sus tareas”. A eso, Red responde que “es la última vez que consulto a estos hijos de la chingada médicos”. Es, en palabras de sus personajes, la forma de protestar de Mailer ante las condiciones inhumanas que implica una guerra, y que la “carne de cañón”, o sea, los soldados, deben de soportar. Mientras que generales y políticos están muy cómodamente desde sus despachos sólo dando órdenes, pero no enfrentando las batallas.

En la parte en donde la patrulla de reconocimiento es emboscada y uno de los soldados, Wilson, es herido, Mailer resalta los encontrados sentimientos de sus compañeros para decidir si lo llevan de regreso en una improvisada camilla a la playa o lo dejan allí. Deciden lo segundo y quienes se encargan de su traslado, no lo dejan, a pesar de las súplicas de Wilson de que lo hagan, tan sólo por el temor de que “Dios” pueda castigarlos, lo que deja ver que, más que compasión, muchas veces el ser humano hace las cosas por el “temor” al castigo divino.

Otro personaje, Minneta, descendiente de italianos, una ocasión que es herido levemente en una pierna, decide, una vez que le dice el doctor que al día siguiente será dado de alta, hacerse el loco y fingir que va a disparar a “los japoneses que me están atacando”, con tal de que lo den de baja por “locura” y lo manden de regreso a su país. El doctor lo revisa y recomienda que lo seden y lo lleven al área del hospital de campo en donde se trasladan a los heridos terminales. Al final, Minneta no soporta ver cómo mueren y, de repente, se “cura”. El doctor, muy versado en esos malos trucos, le dice que si lo vuelve a hacer lo someterá a corte marcial. De todos modos, de regreso de la malograda misión de reconocimiento, Minneta decide que se disparará en un pie, para que se lo corten y no pueda caminar y lo envíen de regreso a EU, que, al fin, ni le interesa caminar y, mucho menos, bailar, mostrando eso el minimalismo mental del que miles de soldados eran, y son, víctimas.

La conclusión a la que se llega al terminar de leer la novela es, como dije, que es una actividad para los soldados, como cualquier otra, que sólo los insensibiliza para enfrentar o entender el mundo real y los convierte en autómatas preparados sólo para pelear y matar, y no siempre. Pero lo que menos tienen en mente es que “pelean por el bien de la patria”. No, eso no existe, ni ha existido, pero los mafiosos poderes fácticos que nos controlan y que son los que promueven las guerras para sus mezquinos, personales intereses, es la mentira que emplean para enviar a su propia muerte a cientos cada año. Y que “Dios los acompañe y premie por su valor”.

De obligada lectura esta gran novela de Mailer.




           








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